sábado, 1 de diciembre de 2018

Cómplices


Abandono la escena del crimen y me limpio la boca de los restos de sangre que han dejado mis fantasmas en las comisuras de mis cuchillos.

Soy cómplice.

Entro en mi habitación y, de repente, como aturdida de tanta verdad, me doy cuenta de que la escena del crimen no es esa. De que la escena del crimen la llevo a cuestas todos los días, todo el tiempo, a todas partes. 

Soy cómplice.

Mire a donde mire, veo huesos que no recuerdo con la carne, podrida, ya despegada de ellos. Una gota espesa y pesada se escapa de mi pelo. Mis huellas están por todas partes. Ya no puedo esconderlas. Mire a donde mire todos los dedos me señalan. 

Todas las bocas me gritan: eres cómplice.

No puedo más. Salgo corriendo de este sitio. No quiero que me señalen. Quiero señalar. Fuera de las paredes de mi cárcel encuentro a muchos culpables más. Y la culpa compartida no pesa tanto. Se sostiene. Me sostengo.

Somos cómplices.

Señalo a ese tipo. Vota a VOX y lleva traje. No le conozco de nada. Pero seguro, seguro, que él porta una culpa mucho mayor. Respiro, aliviada, porque hay gente que hace de mi culpa una sombra.
 
Sois cómplices. Son cómplices.

Ahora ya, puedo volver a la escena. Sigue siendo del crimen, pero ya no veo la sangre ni escucho las voces ni siento los dedos acusándome. Ahora ya puedo volver. Ahora, que he escrito este texto, me he lavado las manos y la conciencia. Para eso sirven estas letras. 

Pero. Todos tenemos navajas entre los dientes.

viernes, 19 de octubre de 2018

Este texto es mío


Me encanta poseer cosas.


Me gusta contemplar 
las cosas que poseo.

Me gusta crear cosas. 
Y quedármelas.

Me gusta tener libros 
y poder pintarlos. 
Porque son míos.

Y aún en el amor 
me cuesta distinguir 
qué no es mío.

Pero... 

¿Qué me han hecho?

lunes, 17 de septiembre de 2018

Pausa

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Ilustración de Pula Bonet de su libro La sed

Anclada a este limbo 
al que a veces me condeno, 
me pregunto 
qué es lo que estoy haciendo. 
Y como la mujer desamparada que soy, 
me uno a la fila de compañeras perdidas.
 
Yo te veo y tú me ves, 
pero 
¿dónde estamos? 
Qué es este retículo 
sin barras de metal, 
ni paredes con gotelé 
que me limita las zancadas.

Me pregunto por qué respiro esta ciudad 
si el aire está oxidado. 
Me consumo ante la ventana 
y se me pasan las ganas, 
esperando a que lleguen 
las fechas señaladas. 

No me pongas otra copa 
que, para refugiarme, 
yo bebo de la nada.

Apática perdida, 
tachada de ignorante, 
de puta, 
de culta, 
de fea, 
de todas esas cosas 
con la que la peña 
nos etiqueta. 

Cansada, hastiada, 
de soportarme las penas. 
Buceando en las ruinas 
de mi propia miseria. 
Recreándome,
llorando, 
aferrada a to' lo negro. 

Niñata asustada, 
con complejo de poeta. 

Miro al asfalto 
y solo veo carretera, 
                                vías, 
                                        trenes, 
cualquier otro paisaje 
que no me recuerda a mi tierra. 

Que mis cadenas fluyen desde dentro 
y mis alas son las de un ave negra. 

Que esto sea una pausa.

Y que la vida me encuentre rápido. 

martes, 11 de septiembre de 2018

León


Aprender a amar, 
de nuevo, 
por encima de lo irracional.

Aprender de ti, 
como la potrilla 
que da sus primeros pasos 
con demasiada soberbia 
sobre sus patas. 
Y miedos, 
sobre todo miedos 
-imagínate el cóctel.

Bucear 
en un charco 
tan poco profundo 
que apenas me cubre los tobillos 
y descubrir, 
al escarbar la tierra húmeda, 
una gruta inmensa.

Darte las gracias. 
Y dármelas: 
por abrir puertas 
aún con heridas abiertas, 
por desoír los consejos cerebrales 
-por una vez tenía razón la piel.

Descubrir la pasión con el tiempo, 
con un cariño tornado amor 
o quizás viceversa, 
que me induce a exhalar 
un "no te vayas" 
como un grito de salvación.

Mirarte a los ojos 
y saber que salvarnos 
está en tu marcha y en la mía, 
quizás, alguna vez... 
pero no ser capaz de decírtelo. 
Todavía.

Intuir las discusiones 
y temer las reconciliaciones.

Desde que apareciste 
te quiero por encima de mí 
solo en la cama 
-y no siempre-, 
y buscándote por debajo 
encuentro las diferentes altitudes.

Puede ser, 
es posible, 
que nunca 
hayamos estado tan cerca.

Y puede que, 
algún día de estos 
en los que el dramatismo y los fantasmas 
me abandonen 
-si es que les da la gana- 
mi pecho 
termine por admitir 
que 350 kilómetros 
no son nada 
entre dos latidos 
que se entienden 
con conexiones neuronales. 

jueves, 12 de julio de 2018

Tápate los ojos... dispara

Estamos luchando contra un invisible.
Estamos luchando en cada flanco, contra todos,
contra nosotros mismos.
Gata Cattana


Ya sabes,
es que hay veces
que tenemos ganas de escribir
y no sabemos qué decir,
porque el vacío
nos invade a todos
de vez en cuando,
la plaga enfermiza
de esta generación de privilegiados. 

Tenemos veintitantos
o, incluso,
30 y muchos,
y vamos por ahí
inventando letras
que nos saquen de este pozo
estúpido y sin sentido.
Y si no son letras,
vienen las canciones,
los dibujos
o los ataques de ansiedad
-si es que tienes la suerte
de que no te venga todo a la vez-.

Fíjate, qué absurdo
tenerlo todo a costa de los sin nada
y seguir buscando fracasos
en los reflejos de los charcos,
buscando algo que echarnos en cara
y restregárnoslo
hasta aprendernos de memoria
que "qué mala suerte tenemos". 

Qué absurdo,
qué gilipollez más grande,
beber del drama
de las películas de Hollywood
y lanzarnos a su descubrimiento,
dando con una enfermiza ansia
de sentir algo dentro. 

Y es que,
entre tanta moneda y billete de color,
una ya no sabe qué es lo verdadero,
qué sentimiento-cosa-deseo
es enhebrado a los huesos,
qué sentimiento-cosa-deseo
nos han vendido en una caja sin ticket. 

Y es que
nos empeñamos
en dar las gracias por todo,
por todo lo que tenemos,
un cerebro con correa
y una jaula de dinero.
Y qué poco pensamos
en lo que nos quitaron.
Hasta los verdugos
fueron desposeídos
de su fuego primitivo.
Sobre todo,
los verdugos. 

Dicen que nos falta una guerra,
que no tenemos algo por lo que luchar,
que nos falta una causa.
Dicen que somos la generación perdida,
que no sabemos lo qué es pasar hambre
y ¡ay, los jóvenes de hoy en día!

Y yo les voy a dar la razón
en eso de que muchas veces
no sabemos orientarnos
porque nos cuesta encontrar objetivos válidos
por los que mantener el rumbo fijo.

Pero es que,
qué suerte que ya casi nada
tenga que ser para siempre
en este mundo de mentiras
en el que me cobijo. 

Y, en cuanto a las guerras,
no miento si digo que,
a veces,
mirarse al espejo
puede ser como estar mirando
al propio infierno,
y mirarse al dedo índice
puede ser como estar observando
un kalashnikov recién disparado.

Y es que ahora
ya no vemos las caras de nuestros muertos,
a veces hasta creemos
que tenemos las manos limpias,
y la conciencia tranquila,
porque,
como dijo Gata,
luchamos contra un invisible.

Aunque a veces
ese invisible es el malo,
y otras,
el inocente.
Aunque a veces
ese invisible tenga un rostro que,
desgraciadamente,
lleva nuestro nombre.

miércoles, 11 de julio de 2018



Tú, que sembraste vientos,
recogiste tempestades
-y no me arrepiento-.
Te las merecías (algunas).

Lo que verdaderamente me jode
es que otros las sigan cosechando.

miércoles, 27 de junio de 2018

Femme fatale

El problema es que me señalas cada vez que te pregunto dónde duele.
Irene X


A veces -es cierto- 
busco el conflicto. 
Rasgo la calma 
y husmeo en sus entrañas,
hasta dar con algo 
-clon, clon
hasta dar con algo.

Después, 
corre la sangre,
se extiende por mis núcleos,
hasta llegar a tus labios.
Es entonces cuando,
en un arrebato de cordura,
puedo ver su color:
negro, oscuro, casi sucio.
Que chorrea de tus dientes,
porque tú también me has mordido.

Siempre consigo la guerra no firmada,
que acabo por repartir
entre mi víctima y su verduga.
Como si Bosnia hubiera tenido
la misma culpa que Serbia,
como si Polonia hubiera estado 
al mismo nivel que la Alemania nazi.

Creo cómplices kamikazes.
Dividimos la responsabilidad en porciones
y yo vuelvo tranquila a mi cama,
nido de serpientes.

Y es solo 
después de haber despedazado a mi presa,
cuando noto el cianuro
recorriendo mis venas.

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lunes, 25 de junio de 2018

Occidente versus tiempo


Entre metro y metro 

hay cuatro minutos -esta vez-.
Pero siempre pasarán llenos.
Entre metro y metro
el andén se vuelve a llenar
de personas 
que perdieron el tren anterior,
quizás por un minuto,
quizás por cuatro...
Y llegaron corriendo a este,
justo a este
que ya anuncia 
el cierre de sus puertas.

Entre metro y metro
no pasa nada
y las personas corren para que no se vaya.
Como si no volviera otro.
Como si otro 
no estuviera a dos paradas de distancia...
Y hay gente que corre tanto,
como si de un 100 metros lisos se tratara.
Y si no llegan aporrean la puerta.
Y si llegan por los pelos, 
nadie les aplaude.

Vencer al tiempo solo es una heroicidad 
en las películas americanas.
Ganarle minutos al tiempo
no es lo mismo que ganárselos a la vida.
Y de eso saben mucho los miserables.

Corremos contra reloj 
para fingir que lo que hacemos 
es importante.
Mientras, otros esperan,
luchan junto al tic-tac
para vencer la muerte.

¿Qué vale más: un minuto corriendo o un minuto corriéndose?

Un día más es un día más.

jueves, 21 de junio de 2018

Pa' plaga la nuestra


Te gustan los pájaros,
pero repudias a las cotorras argentinas.
Dices que han invadido Madrid.

Te gustan los gorriones,

porque dices que son autóctonos.
Y desperdicias a las palomas
que sobreviven mendigando.

¿No es eso, al fin y al cabo, ser racista pajaril?

¿Y desperdiciar a los que viven a base de restos no es, al fin y al cabo, una réplica de nuestra inhumanidad?

Dices que es que hay demasiadas palomas (...)


Y es que ¿a caso de lo único que puede haber demasiado es de seres humanos?

martes, 12 de junio de 2018

Viaje

He cogido el metro para ir a trabajar. He abierto un libro. Cuando he escuchado el nombre de Metropolitano por la megafonía me he desubicado. Creía que estaba en otro planeta.

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lunes, 11 de junio de 2018

Tres relaciones, dos roturas de miocardio y un capullo después


Eras mucho menos doloroso 

de lo que siempre me habían contado las películas 
y más generoso de lo que yo he sido nunca 
(que tampoco es difícil). 

Tienes, no el color rosa, sino uno indeterminado, 
salpicado de las tonalidades 
de cuantas vas besando en tu camino.

Tienes una mente cometa, 
que vuela en su eterna luna 
y admite que izará hacia donde el viento le sople, 
porque las opiniones para ti 
nunca fueron candados fijos 
ni las ideologías muros. 

Eres tan poesía, tan verso libre, 
que no sabes lo qué es una metáfora 
y te conviertes en ella 
cada vez que vienes y me salvas. 

Nunca has sido el escaparate de nada, 
no te vendes ni enjaulas. 
Pero todo el mundo piensa de ti. 
Todo el mundo juzga de ti. 
Todo el mundo dice de ti. 

Si tuviéramos ojos por dentro, 
tú serías una paloma blanca. 

He llegado hasta a ti aprendiendo 
que se aprende de los golpes. 
Pero la única lección valida 
me la han dado tu bandera blanca
y tus caricias de quimera.

Tú, que te llamas amor, 
encantada de conocerte. 
Tú, que te llamas amor, 
has venido a buscarme. 

He intentado echarte, a patadas, a voces. 
No te reconocía, 
estaba tratando de desenmascararte. 
A cada gemido 
se abría en mi corazón un resquicio de duda, 
una alarma incesante. 

No te reconocía, 
porque nunca antes te había visto. 
Los impostores me hicieron creer 
que aquello, 
el fuego, la sangre, el dolor y la adicción, 
llevaban  tu nombre. 

Nunca he llevado demasiado bien la alegría. 
Si no vienen los motivos, 
puedo tejer una manta de horrores. 
Por eso desconfiaba de tu (b)risa de verano 
como si se tratara del huracán Katrina.

Para, al fin, dejarme mecer por tu viento.
Aprender que el amor no tiene que doler,
y que todo lo de antes 
fue solo un cuento Disney de mierda
para mayores de 18
y sin ninguna moraleja.

Y que tú, pelo azabache y ojos marrones,
estás hecho a la medida perfecta 
de este nuevo compañero, 
que ya no me asfixia ni aprieta.

sábado, 9 de junio de 2018

El zoo de la grieta


De pequeña, con cinco años, en el patio del recreo, dos niños y yo teníamos un zoo repleto de animales. Cada día, al sonar la música que anunciaba el descanso entre clases, salíamos corriendo hasta el susodicho zoo y sacábamos a un animal diferente que compartiera con nosotros las aventuras del día.

Una grieta en la pared de un muro era la puerta por la que los animales entraban y salían a nuestro mundo o nuestra entrada en su universo. Una grieta de la que salía magia, de la de verdad, de la que rebosa en los niños. Todavía no sé por qué lo llamábamos zoo, porque los bichejos siempre caminaban de nuestro lado. Será porque aún no sabíamos el verdadero significado de aquella palabra -cadenas-.

Un día, a la entrada del colegio, a mi madre la atropelló un coche. Yo no vi nada, pero escuché un golpe. Y, al instante, un grito que jamás olvidaré. Después, una monitora me agarró y me alejó de la escena. A partir de ese momento tengo varios recuerdos, uno muy claro y los demás difusos. Estaba fuera de mí, en otro universo a millones de kilómetros de la Tierra, pensando qué habría sido de la persona que aquella misma mañana me había llevado a la puerta del colegio.

A la hora del recreo me fui, como siempre, con mis dos amigos. Nos dirigimos al zoo y de aquella diminuta grieta sacamos de la mano a un gorila gigante. Juntos, los cuatro, nos pusimos en la parte del patio que miraba a la carretera. Entre nosotros y ella había unos arbustos, una valla y una acera, pero se podían divisar claramente los coches.

Ahora mismo no recuerdo el color del que atropelló a mi madre, pero sé que en aquel momento sí, porque cada vez que uno de dicho color cruzaba la carretera todos saltábamos con todas nuestras fuerzas. Estábamos aplastando a la máquina que había generado semejante desastre. Al coche, que no a la persona. Porque para entonces para mí los coches eran coches, ajenos a las personas que habitaban en su interior.

No recuerdo mucho más de aquel día. Solo el llegar a casa y encontrar a mi madre llena de vías. Mi padre es médico y prefirió que se recuperara en casa. A ella le quedaba una larga rehabilitación por delante, de la que ahora solo queda una cicatriz.

18 años después del incidente no sé nada de mis dos compañeros de recreo, pero aún les recuerdo tan claramente como al gorila que me acompañó en lo que probablemente fue uno de los peores días de mi vida.

Y es que la imaginación puede salvarnos.

lunes, 19 de marzo de 2018

Probando


Cuando todavía hoy me preguntan,

sigue saliendo tu nombre,
sigue sonando tu historia.

Voy a intentar hacerlo mal, 
¿sabes?
Como a ti te gusta, 
como a mi me sale,
sin saber na' de esta puta música,
que si la escucharais, 
que si la escucharais... 

Sigues sonando en los bares,
sigues doliendo en las carnes,
y del dolor yo lo quería to', 
lo quería to'.

Ven, déjame, déjalo,
ven aquí y dámelo.
Admito mi gusto a la drogadicción 
(culpable).
Que si quiero triunfar 
este no es el camino,
caliente, 
en casa,
escribiendo de día,
durmiendo de noche.
Así no es el poeta, 
¿sabes?,
pero a mí me da igual
o las letras vienen 
o las voy a buscar

Siempre hay algo que escribir, 
algo que decir,
el veneno pa' repartir,
la sangre por fluir, 
la vena por abrir...

Ahhh

El grito por salir.

Antes me consumía por la pluma, 
ahora me consumo esperando 
a que funcione el proyectil.

Dónde estás, 
ya te has ido 
y no me has dejao na'.

Me duele el pecho.
Tanto por contar 
y nada por decir.

De hombres no digo na',
que le quiero a él,
que te quiero a ti.
Na', me prefiero a mí.

Aún me queda todo por decir. 

viernes, 9 de marzo de 2018

8 de marzo


Mira, que bonito lo has dejado todo mujer: de rojo, de morado.

Hoy al volver a casa sola seguía teniendo miedo, pero un poco menos. Os llevaba a todas dentro: a todas las que habéis gritado por mí y por vuestras compañeras, a todas las que habéis callado porque os quitaron la oportunidad de hacerlo, a todas las que os habéis quedado en casa o en el trabajo porque erais imprescindibles, incluso a las que no habéis venido porque decís que ya está todo conseguido, a vosotras os llevo dentro y por vosotras también he gritado.

He sentido la rabia de mis mujeres y de las sufragistas apretándome los dientes. A la historia sobre mi espalda, pero no partiéndome el lomo, sino como una mochila cargadita de razones.

Mujer, mira lo que has hecho: la Gran Vía hoy ha menstruado, la primavera se ha adelantado. Mujer, valiente, guerrera, qué orgullosa estoy de ti, de mí, de todas nosotras.

Nos hicieron rasgarnos de miradas, de críticas, de envidias... Nos han intentado enjaular, separadas, en torres. Compitiendo por estar en jaulas cada vez más pequeñas. Y aquí estamos todas, juntas, con el corazón fuera de los barrotes. 

martes, 27 de febrero de 2018

A crisálida abierta


Quién iba a decirme que tú, 
de entre todos, 
que tú, 
terminarías por arreglarme.

No, hombre, 
ya sé que fui yo. 
Tú solo fuiste el motivo
y, después, 
el empujón,
el principio del final del motivo. 

Pero bueno, joder, 
has sido el capullo 
y yo he brotado mariposa.
Que, bueno, después de todo 
me veo en la obligación 
de darte las gracias. 
Así que aquí vienen: de nada (...)

Verás, 
es que yo nunca estuve bien: 
vivía encadenada. 
A mí, 
a la sociedad, 
a la adolescencia 
y a las mentiras que me contaron 
durante tanto tiempo. 
Así funciona.

Ay, 
y entonces viniste tú, 
criaturica de ojos azules, 
a rescatarme. 
Como un príncipe azul. 

Yo no quería azules, 
pero ahora sé que esperaba 
uno negro, verde, rojo... 
El caso es que yo decía 
que de príncipes nada. 

Ay, pequeña mentirosa.

Viniste y yo me morí por ti 
y por tus barbas. 
Y me moría tanto 
que pensaba que si tú te ibas 
yo ya no era nada. 
Y, después de cortarme mis alas, 
llegaste tú otra vez 
a decirme que me dejabas. 

Pero entonces se rompió la crisálida. 
Vine yo a rescatarme 
y una princesa morada.
Y así fue cómo conocí 
al amor de mi vida 
y a un sapo que si besas 
se tira un eructo 
y te devuelve tus alas.

Yo, antes de todo esto, 
fui gusana. 
Me arrastraba por el suelo
-tenía suerte, no os penséis-,
podía escarbar la tierra 
y ver por debajo, 
donde nadie quiere 
o no se atreve 
a mirar. 
Encontraba tesoros 
y comía barro. 
Una vez 
hasta pude hablar con mi abuela, 
que llevaba bajo tierra 
más de diez años. 

Serpenteaba 
y entre tinieblas crecía.
No se estaba mal, tampoco, 
aunque mariposear, 
eso sí que no se puede explicar.

Moraleja: 
la tierra o el cielo, 
cualquier cosa es mejor 
que estar encerrada en un capullo.

lunes, 29 de enero de 2018

Te quiero con la cabeza


He gritado cuántas veces la palabra libertad unida al amor, como si las jaulas en las que yo misma me encerré fueran el cielo que jamás había alcanzado. Pero los nacidos entre barrotes no saben volar. Así que yo, hija de las cadenas y promulgadores de evangelios sin dios, estoy descubriendo en este preciso instante cómo usar una ganzúa. 

El amor no son los celos, el amor no es la lágrima que se escapa cuando le quieres tanto que duele, porque el amor no duele. El amor no es egoísta ni es tan generoso como para olvidarte de ti misma. El amor no es una jaula con cuatro paredes y una puerta abierta. Es salir a volar y encontrar tu impulso en los ojos de una luna cambiante, que crece hasta hacerse llena. El amor es firmar la paz sin haber declarado nunca la guerra y seguir ejerciendo treguas en una cama en la que la mujer también manda. El amor no es una droga que genera dependencia, es una dependencia del mundo donde pasar un buen rato (o muchos). El amor es, al fin, libertad. El amor es enseñar, compañero. El amor es todo lo que estoy aprendiendo de tu mano.

miércoles, 10 de enero de 2018

Chicxulub

Todo lo que toco lo convierto en polvo de estrellas.
Todo lo que piso tiembla tras mis huellas.
Soy como un meteorito 
que se estrella contra planetas Tierra
que se quedan echos Marte:
con esperanza de agua y mucha sed.

Con ganas de que me vaya y adoptarme en su cielo
para ponerme anillos de Saturno
que cuelguen de mi cintura mientras bailo,
hasta que se caen.
Porque siempre se caen.

Pero no podéis aspirar a adornarme 
como a un simple astro

Veréis, yo destruyo planetas.