martes, 27 de febrero de 2018

A crisálida abierta


Quién iba a decirme que tú, 
de entre todos, 
que tú, 
terminarías por arreglarme.

No, hombre, 
ya sé que fui yo. 
Tú solo fuiste el motivo
y, después, 
el empujón,
el principio del final del motivo. 

Pero bueno, joder, 
has sido el capullo 
y yo he brotado mariposa.
Que, bueno, después de todo 
me veo en la obligación 
de darte las gracias. 
Así que aquí vienen: de nada (...)

Verás, 
es que yo nunca estuve bien: 
vivía encadenada. 
A mí, 
a la sociedad, 
a la adolescencia 
y a las mentiras que me contaron 
durante tanto tiempo. 
Así funciona.

Ay, 
y entonces viniste tú, 
criaturica de ojos azules, 
a rescatarme. 
Como un príncipe azul. 

Yo no quería azules, 
pero ahora sé que esperaba 
uno negro, verde, rojo... 
El caso es que yo decía 
que de príncipes nada. 

Ay, pequeña mentirosa.

Viniste y yo me morí por ti 
y por tus barbas. 
Y me moría tanto 
que pensaba que si tú te ibas 
yo ya no era nada. 
Y, después de cortarme mis alas, 
llegaste tú otra vez 
a decirme que me dejabas. 

Pero entonces se rompió la crisálida. 
Vine yo a rescatarme 
y una princesa morada.
Y así fue cómo conocí 
al amor de mi vida 
y a un sapo que si besas 
se tira un eructo 
y te devuelve tus alas.

Yo, antes de todo esto, 
fui gusana. 
Me arrastraba por el suelo
-tenía suerte, no os penséis-,
podía escarbar la tierra 
y ver por debajo, 
donde nadie quiere 
o no se atreve 
a mirar. 
Encontraba tesoros 
y comía barro. 
Una vez 
hasta pude hablar con mi abuela, 
que llevaba bajo tierra 
más de diez años. 

Serpenteaba 
y entre tinieblas crecía.
No se estaba mal, tampoco, 
aunque mariposear, 
eso sí que no se puede explicar.

Moraleja: 
la tierra o el cielo, 
cualquier cosa es mejor 
que estar encerrada en un capullo.