miércoles, 27 de junio de 2018

Femme fatale

El problema es que me señalas cada vez que te pregunto dónde duele.
Irene X


A veces -es cierto- 
busco el conflicto. 
Rasgo la calma 
y husmeo en sus entrañas,
hasta dar con algo 
-clon, clon
hasta dar con algo.

Después, 
corre la sangre,
se extiende por mis núcleos,
hasta llegar a tus labios.
Es entonces cuando,
en un arrebato de cordura,
puedo ver su color:
negro, oscuro, casi sucio.
Que chorrea de tus dientes,
porque tú también me has mordido.

Siempre consigo la guerra no firmada,
que acabo por repartir
entre mi víctima y su verduga.
Como si Bosnia hubiera tenido
la misma culpa que Serbia,
como si Polonia hubiera estado 
al mismo nivel que la Alemania nazi.

Creo cómplices kamikazes.
Dividimos la responsabilidad en porciones
y yo vuelvo tranquila a mi cama,
nido de serpientes.

Y es solo 
después de haber despedazado a mi presa,
cuando noto el cianuro
recorriendo mis venas.

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lunes, 25 de junio de 2018

Occidente versus tiempo


Entre metro y metro 

hay cuatro minutos -esta vez-.
Pero siempre pasarán llenos.
Entre metro y metro
el andén se vuelve a llenar
de personas 
que perdieron el tren anterior,
quizás por un minuto,
quizás por cuatro...
Y llegaron corriendo a este,
justo a este
que ya anuncia 
el cierre de sus puertas.

Entre metro y metro
no pasa nada
y las personas corren para que no se vaya.
Como si no volviera otro.
Como si otro 
no estuviera a dos paradas de distancia...
Y hay gente que corre tanto,
como si de un 100 metros lisos se tratara.
Y si no llegan aporrean la puerta.
Y si llegan por los pelos, 
nadie les aplaude.

Vencer al tiempo solo es una heroicidad 
en las películas americanas.
Ganarle minutos al tiempo
no es lo mismo que ganárselos a la vida.
Y de eso saben mucho los miserables.

Corremos contra reloj 
para fingir que lo que hacemos 
es importante.
Mientras, otros esperan,
luchan junto al tic-tac
para vencer la muerte.

¿Qué vale más: un minuto corriendo o un minuto corriéndose?

Un día más es un día más.

jueves, 21 de junio de 2018

Pa' plaga la nuestra


Te gustan los pájaros,
pero repudias a las cotorras argentinas.
Dices que han invadido Madrid.

Te gustan los gorriones,

porque dices que son autóctonos.
Y desperdicias a las palomas
que sobreviven mendigando.

¿No es eso, al fin y al cabo, ser racista pajaril?

¿Y desperdiciar a los que viven a base de restos no es, al fin y al cabo, una réplica de nuestra inhumanidad?

Dices que es que hay demasiadas palomas (...)


Y es que ¿a caso de lo único que puede haber demasiado es de seres humanos?

martes, 12 de junio de 2018

Viaje

He cogido el metro para ir a trabajar. He abierto un libro. Cuando he escuchado el nombre de Metropolitano por la megafonía me he desubicado. Creía que estaba en otro planeta.

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lunes, 11 de junio de 2018

Tres relaciones, dos roturas de miocardio y un capullo después


Eras mucho menos doloroso 

de lo que siempre me habían contado las películas 
y más generoso de lo que yo he sido nunca 
(que tampoco es difícil). 

Tienes, no el color rosa, sino uno indeterminado, 
salpicado de las tonalidades 
de cuantas vas besando en tu camino.

Tienes una mente cometa, 
que vuela en su eterna luna 
y admite que izará hacia donde el viento le sople, 
porque las opiniones para ti 
nunca fueron candados fijos 
ni las ideologías muros. 

Eres tan poesía, tan verso libre, 
que no sabes lo qué es una metáfora 
y te conviertes en ella 
cada vez que vienes y me salvas. 

Nunca has sido el escaparate de nada, 
no te vendes ni enjaulas. 
Pero todo el mundo piensa de ti. 
Todo el mundo juzga de ti. 
Todo el mundo dice de ti. 

Si tuviéramos ojos por dentro, 
tú serías una paloma blanca. 

He llegado hasta a ti aprendiendo 
que se aprende de los golpes. 
Pero la única lección valida 
me la han dado tu bandera blanca
y tus caricias de quimera.

Tú, que te llamas amor, 
encantada de conocerte. 
Tú, que te llamas amor, 
has venido a buscarme. 

He intentado echarte, a patadas, a voces. 
No te reconocía, 
estaba tratando de desenmascararte. 
A cada gemido 
se abría en mi corazón un resquicio de duda, 
una alarma incesante. 

No te reconocía, 
porque nunca antes te había visto. 
Los impostores me hicieron creer 
que aquello, 
el fuego, la sangre, el dolor y la adicción, 
llevaban  tu nombre. 

Nunca he llevado demasiado bien la alegría. 
Si no vienen los motivos, 
puedo tejer una manta de horrores. 
Por eso desconfiaba de tu (b)risa de verano 
como si se tratara del huracán Katrina.

Para, al fin, dejarme mecer por tu viento.
Aprender que el amor no tiene que doler,
y que todo lo de antes 
fue solo un cuento Disney de mierda
para mayores de 18
y sin ninguna moraleja.

Y que tú, pelo azabache y ojos marrones,
estás hecho a la medida perfecta 
de este nuevo compañero, 
que ya no me asfixia ni aprieta.

sábado, 9 de junio de 2018

El zoo de la grieta


De pequeña, con cinco años, en el patio del recreo, dos niños y yo teníamos un zoo repleto de animales. Cada día, al sonar la música que anunciaba el descanso entre clases, salíamos corriendo hasta el susodicho zoo y sacábamos a un animal diferente que compartiera con nosotros las aventuras del día.

Una grieta en la pared de un muro era la puerta por la que los animales entraban y salían a nuestro mundo o nuestra entrada en su universo. Una grieta de la que salía magia, de la de verdad, de la que rebosa en los niños. Todavía no sé por qué lo llamábamos zoo, porque los bichejos siempre caminaban de nuestro lado. Será porque aún no sabíamos el verdadero significado de aquella palabra -cadenas-.

Un día, a la entrada del colegio, a mi madre la atropelló un coche. Yo no vi nada, pero escuché un golpe. Y, al instante, un grito que jamás olvidaré. Después, una monitora me agarró y me alejó de la escena. A partir de ese momento tengo varios recuerdos, uno muy claro y los demás difusos. Estaba fuera de mí, en otro universo a millones de kilómetros de la Tierra, pensando qué habría sido de la persona que aquella misma mañana me había llevado a la puerta del colegio.

A la hora del recreo me fui, como siempre, con mis dos amigos. Nos dirigimos al zoo y de aquella diminuta grieta sacamos de la mano a un gorila gigante. Juntos, los cuatro, nos pusimos en la parte del patio que miraba a la carretera. Entre nosotros y ella había unos arbustos, una valla y una acera, pero se podían divisar claramente los coches.

Ahora mismo no recuerdo el color del que atropelló a mi madre, pero sé que en aquel momento sí, porque cada vez que uno de dicho color cruzaba la carretera todos saltábamos con todas nuestras fuerzas. Estábamos aplastando a la máquina que había generado semejante desastre. Al coche, que no a la persona. Porque para entonces para mí los coches eran coches, ajenos a las personas que habitaban en su interior.

No recuerdo mucho más de aquel día. Solo el llegar a casa y encontrar a mi madre llena de vías. Mi padre es médico y prefirió que se recuperara en casa. A ella le quedaba una larga rehabilitación por delante, de la que ahora solo queda una cicatriz.

18 años después del incidente no sé nada de mis dos compañeros de recreo, pero aún les recuerdo tan claramente como al gorila que me acompañó en lo que probablemente fue uno de los peores días de mi vida.

Y es que la imaginación puede salvarnos.