jueves, 21 de septiembre de 2017

DEP

Me moriré de ganas de decirte que te voy a echar de menos. 

Zahara


Escribí tu nombre ayer. No consigo grabarlo, todavía, pero lo estoy intentando.

Tu muerte, dicen, fue un suicidio premeditado. Y hay quien dice que yo tuve algo que ver. Quizás el dedo que me acusa desde el otro lado no ande desencaminado. ¿Qué es el otro lado? ¿El espejo? ¿La muerte? ¿O es que ambos son lo mismo? 

Me ponen frases en boca que se me antojan deseos de que algo que no quería que ocurriera ya está ocurriendo. Y yo, aquí sentada, desde el otro lado, no puedo hacer nada. Que sí, que está pasando. ¿Se está borrando? ¿Se está grabando? Lo mismo da, que no da lo mismo. Yo no sé...

El tiempo sigue corriendo, y nosotros seguimos corriéndonos, con otrxs. Los muertos siguen muertos, y los vivos, también. Y, entre tanto, algún que otro superviviente que, joder, vive, cómo vive, mírale, míralos. Son como cometas.

Y yo sigo con las manos manchadas de tierra, con la frente rasgada de un sudor que no riega. 

Clon, clon.

Nada, que no hay manera.

Y, de repente, se queda una letra. Yo me muero de pena, cada vez dueles menos. 

En la lápida, la inicial del que podría ser tu nombre. Teme, o sé feliz. Guárdate un minuto de silencio. Guárdanos. 

Y, al final, una corazonada: la última letra jamás será escrita ni el punto puesto

Tráenos flores secas.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Kilómetro 0

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Km 0.
Ese en el que decidiste entrar en mí,
abrir mi puerta, 
caer en el abismo inversamente proporcional al tuyo.

Km 1.500, una semana después y sin frenos.
La velocidad es maravillosa,
la sensación de vuelo, orgásmica.
Sentencia de dos palabras. Te quiero.

Km 1.600. 
Ciudades dispersas. 
El miedo.

Km 1.650.
Saltan los radares, revienta el velocímetro.
En la radio suena Quique González:
Kamikazes enamorados.

Km 15.000.
Se han roto los airbags varias veces.
Los frenos son inexistentes.
El claxon se ha quedado con una leve voz,
de tanto gritar.
Los amortiguadores ya no consiguen 
suavizar los golpes.
Tú y yo nos agarramos fuerte.

Km 30.000.
Las ruedas se han hecho con unos cuantos kilómetros a sus pies,
las ventanas traseras se han empañado tantas veces
que tras de sí solo dejan un rastro de corazones en los cristales.
La luna del coche se cree un astro,
y no sabe que está rota. Para siempre.
Tú, en el asiento del piloto, 
con la cabeza incrustada al volante.
Yo, que me he ido con la luna,
te miro ensangrentada desde la galaxia.

Todo saldrá bien.

Km 0.

Estrellarnos fue cosa de dos. Estas estrellas no son bonitas.

La luna nunca volverá a ser la misma, no digamos del motor.

- ¿Cómo pueden amarse dos muertos?
- Sin vida.