martes, 27 de diciembre de 2016

La vida moderna


Vives bajo el yugo de las agujas del reloj,
con la hora hasta de cagar
apuntada en una esquina, 
en un hueco entre el gimnasio y la oficina.
 
Vives ahogado en el humo de un tráfico 
que llena tus pulmones 
de incapacidad para hacerte capaz 
y, lo que es peor, bajo el humo de un tubo de escape 
que la tierra traga 
sin saber muy bien por quién lo hace. 

Y no merece la pena.

Vives bajo las normas de los aeropuertos, 
bajo el "gracias" hasta al cabrón más grande 
que se cruzó en tu camino, 
y que solo se merece una patada en el intestino.

Vives, sin saber muy bien cómo,  
a la vez que los trenes, 
y descansas incluso menos que ellos. 

Y no merece la pena.

Vives bajo las etiquetas que tú mismo te pones, 
y huyes de las que otros más acojonados que tú 
te pusieron en el patio de un colegio. 

Y te dices que, 
ahora que has llegado al extremo contrario, 
has logrado lo que siempre quisiste, 
como un eslogan publicitario 
de los que dibujan sonrisas de mantequilla 
en las caras de la gente. 

Has huido en dirección contraria, 
solo para darte cuenta de que te moldearon ellos, 
y te ves gritando en voz baja a otros que te desoyen 
porque son más valientes que tú.

Y no merece la pena.

Vives en una cuerda que se tambalea con pasos en falso, 
que se dirigen a la dirección correcta
-o sea, la incorrecta-. 

Vives como el caudal de un río 
que a ratos se seca, 
y no te das cuenta de que lo de dejarse llevar 
solo te lleva a la vida de lo que otros te cuentan.

Y no merece la pena.

Vives con la imagen de tu perfecta vida, 
colgada en las páginas de tu propia revista 
en la que nadie lee más que lo que le interesa 
-si es que la leen-.
 
Vives rodeado de muchas cosas que no usas, 
de libros cerrados 
desde el día en el que cayeron en tus manos, 
de un armario lleno de absurdos rompecabezas, 
mientras a otros se les congelan las manos, los pies y las cabezas.

Y no merece la pena.

Vives con el móvil anclado a tus dedos, 
como una extremidad 
de la que nunca nos habían hablado 
y te sientes atado por todas las personas 
que te gritan, que te ignoran, desde el otro lado.
 
Vives sin atreverte a lanzar los dados, 
con el camino trazado 
por las manos de una sociedad 
que solo busca la hipocresía, 
y tú sonríes, la sigues y avanzas a su lado, 
como un soldado más de un juego sin tablero.

Y, desde luego, que no merece la pena.

Despierta. 

sábado, 17 de diciembre de 2016

El amor que cura

Las tempestades pasan,
pero hay huellas que siempre se quedan.
La tuya,
el fuego.
La mía,
el hielo. 

El mar en calma,
el seísmo que ya no mata,
la cadena que ya no ata:
el amor que cura. 

Heridas-suturas,
veneno-antídoto.
El fuego que ya no quema,
el hielo que ya no nos congela.
El tiempo.
Las adicciones
que ya no enganchan
y el romanticismo muerto
en una esquina
de la que no quiere levantarse.
Estamos mejor sin él,
y hasta él se ha dado cuenta.

Tú, más mío que nunca
y más libre que siempre.
Mi yo más mío que antes
y tú para quererle
sin poner condiciones. 

Aunque siga habiendo batallas,
la guerra se nos ha quedado obsoleta
y las jaulas disfrazadas de casa
se nos han quedado pequeñas.

Hoy me he despertado a tu lado,
aunque no ha sido hasta el medio día
cuando hemos follado.

Y me alegro del mar en calma
que por fin ha llegado
y me alegro de tener fantasmas
a los que también quieres
y me alegro de las cicatrices que nos hemos hecho
y de que ahora las lamas sin agujas de por medio.

La vida es maravillosa desde que ya no te necesito.